Un blog de Óscar Broc

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Aunque siempre he sido un gran admirador de las series de animación de nuevo cuño, debo admitir que no descubrí las mieles del catálogo de Adult Swim hasta hace relativamente poco. Un error que intenté maquillar hace cosa de un año comprándome la sensacional Metalocalipsis y que he estado intentando subsanar por completo estos días a marchas forzadas, fascinado por la arrebatadora calidad y la rabia transgresora de algunos de sus títulos. Por cierto, por si alguien no sabe de lo que hablo, cabe apuntar que Adult Swim es algo así como un subcanal de dibujos animados nacido al amparo Cartoon Network, claramente orientado al público adulto y con una parrilla propia de series de animación en la que figuran referencias de auténtico culto en el universo freak.

 

En España podemos acceder a algunos de sus títulos (no todos) a través del canal TNT y a horas intempestivas, a menos que seas una lechuza. Pero, bueno, para eso San Catodio inventó los grabadores de DVD y Amazon (para los que pueden permitirse el dispendio) e Internet (para los que no le temen a la bandera pirata). Lo cierto es que las órbitas oculares se me quedaron a cuadros cuando vi por primera vez Metalocalipisis, una serie sobre una banda de death metal que, entre otras lindezas heavies, arrasa Dinamarca después de invocar a un trol de doscientos metros o causa la muerte masiva de casi todos sus fans en sus sanguinolentos conciertos.

 

Fue un descubrimiento que me obligó a clavar la pupila en la familia Adult Swim y me llevó directamente a otra de las joyas de esta corona freak. Se trata de Robot Chicken, un invento del nerd cinematográfico Seth Green que se basa en marionetas y juguetes animados a la vieja usanza. Por supuesto, la ducha de referencias al cine fantástico, cómics y telebasura es constante (y abundante). Humor grasiento, actitud de freakismo exacerbada y uno de los grandes momentos que se han visto en Adult Swim, ni más ni menos que una reconstrucción de Star Wars de una hora que deja al Blue Harvest de Padre de familia en braguitas. Tampoco puedo olvidarme de la memorable Frisky Dingo, sin lugar a dudas uno de los productos de animación más estimulantes de la actualidad, una parodia radical de las películas de superhéroes y el cine de acción.

Pero si hay una serie que casi me hace vomitar las tripas de tanto reír ésa es Harvey Birdman. ¿Qué quién es Harvey Birdman? Pues un superhéroe animado de los años 60 reconvertido en la actualidad en abogado de otros personajes dibujos (extraídos todos del catálogo de creaciones de Hannah & Barbera) con problemas legales. En esta alucinógena tesitura, la serie (ya hay tres temporadas a la venta en los USA) nos muestra, por ejemplo, a Shaggy y Scooby-Doo pillados con marihuana en su clásica furgoneta o a Pedro Picapiedra convertido en el mismísimo Tony Soprano. Delirante, sin descanso, tan pasada de rosca que termina enganchando como un demonio, Harvey Birdman, insisto una vez más, es el subproducto que más me ha entusiasmado de cuantos he visto hasta ahora a la lumbre de de esta cadena.

Por cierto, ya que estamos en esta línea de animación al límite en eterna loa a Adult Swim, no puedo cerrar esta columna sin lanzarle unos cuantos  (y merecidos) ditirambos a un producto patrio que servidor recomienda sin limitaciones. Se trata de Putokrío, genial invento de Jorge Riera que deja el episodio más radical de South Park en un artefacto tan (o más) inocente que los calcetines de Heidi. Impresionante collage a medio camino entre la historieta punk, el cómic televisado y el retrato social a cara de perro, Putokrío es un puñetazo en los testículos que deja huella y divierte con bilis. Aquí no hay concesiones. Estamos ante una obra con voz propia que encaja perfectamente con el manual de irreverencia de Adult Swim (a veces incluso lo supera con creces)  y que, sorprendentemente, todavía no tiene fecha de estreno. Señores de TNT España: esperamos tenedor y cuchillo en mano.

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Aunque hace ya algunos años que la vi, todavía tenía la sensación de que la tele no había superado aquel relato conmovedor. Estoy hablando de la serie Band of Brothers, un producto de altísima catadura que nos introdujo de lleno en el particular infierno de un pelotón estadounidense en la lucha contra los nazis. Producida por Steven Spielberg y Tom Hanks y amparada por la cadena HBO, aquella miniserie dejó el listón tan alto en su género que hasta la presente campaña catódica (siete años después de su estreno) ningún otro título televisivo de cariz bélico había conseguido equipararse en términos de calidad y profundidad.

Si hay algo que sea cierto en este mundo es que nunca debemos perder nuestra fe. O al menos nuestra fe en los cerebros que llevan las riendas de la HBO. Esta gente nunca falla. Mientras la televisión apuesta claramente por la ficción y el escapismo fantástico, la cadena de televisión por cable más grande todos los tiempos (¿me he pasado?) ha vuelto a darnos una ducha ácida de realidad. Realidad hiriente, pétrea, incluso letal para sensibilidades impresionables. Siete años después, hemos vuelto a ver lo que bien podríamos denominar la contrapartida actual de Band of Brothers. Se trata de Generation Kill (Canal +), una miniserie dividida en siete episodios de una hora que relata la invasión de Irak desde el visor nocturno de una brigada de marines de reconocimiento.

Y la verdad es que la espera ha merecido la pena. Generation Kill es una relato en crudo y a escala hiperrealista de las operaciones que estas máquinas de matar llevaron a cabo en Irak. Sin cortapisas, sin mesura, sin compromiso de ningún tipo, la serie es un puñetazo en la encía y un retrato revelador de lo que realmente acontece entre esos soldados estadounidenses convertidos en carne de cañón. Lo que más me ha gustado de Generation Kill, más allá de la soberbia producción y del despliegue de medios propio de una cadena adinerada como HBO, es  su formato a medio camino entre el cine bélico moderno y el documental. De esta efectiva combinación, surge un retrato a cara de perro de un conflicto bélico relativamente cercano, un fresco impagable que nos muestra con sumo detalle cómo funciona en la modernidad una guerra. Y la cámara lo recoge todo sin moralinas, sin posicionarse, si tomar parte… Un distanciamiento que convierte Generation Kill en un producto tan veraz como incómodo (sobre todo para la sensibilidad americana).

Si nos fijamos en los créditos entenderemos por qué estamos hablando de un producto tan endiabladamente bueno. Los ideólogos del invento son ni más ni menos que David Simon y Ed Burns, padres de la inolvidable The Wire. No hace falta decir más. Este par de genios de la televisión se han caracterizado por la inteligencia, solidez y realismo de sus guiones, algo que queda patente en los siete capítulos de la serie. Dos renovadores del medio, dos jinetes solitarios que incomprensiblemente no han visto recompensado su talento en la reciente entrega de los Globos de Oro. Lo siento mucho, pero si una miniserie merecía el premio esa era Generation Kill y no John Adams. Pero ya se sabe, los americanos muchas veces prefieren no verse las heridas, y esta apasionante invasión militar televisada tenía demasiadas espinas como para reconocerla en un estrado de tanta repercusión internacional. ¡Puaj!

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Cuando todo el mundo se llena la boca con la multipremiada Mad Men, cuando todavía centellea en nuestra mente el apasionante final de la cuarta temporada de Perdidos, cuando no son pocos los que lloran la conclusión de The Wire, la revista Time ha hecho justicia. Justicia de la buena. En su esperadísima lista de las mejores series del año, el primer puesto ha sido para uno de los productos más cojonudos, directos, adictivos y riesgosos que servidor ha visto en la tele desde que tiene uso de razón: The Shield.

Y lo bueno es que ha vencido en una campaña agotadora y repleta de increíbles momentos (pienso en Battlestar Galactica, Pushing Daisies, In Treatment, Sons of Anarchy…). El mérito es notable. No se ha equivocado en absoluto Time al poner esta producción de la cadena  FX –algo así como la ramificación adulta de la Fox-  en la guinda de la tarta televisiva del 2008. La de este año ha sido la séptima y última temporada de un monstruo catódico que se despide dejando recelos y amargura: los dramas policiales no serán lo mismo. Nunca más. Es una certeza que duele.

The Shield, creación del genial Shawn Ryan, nos introduce a cara de perro en la salvaje rutina de una brigada especial de policías que opera a pie de calle, en uno de los barrios más castigados y peligrosos de Los Angeles. Pero cuidado, no se trata de polis al uso, hablamos de una unidad corrupta hasta la médula que, temporada a temporada, se va autodestruyendo de forma irremediable ante su propia codicia, enterrada bajo el peso de los esqueletos que guarda en su armario. Dura, violenta, arrebatadora, trepidante, The Shield es un producto de orfebrería callejera –cámara en mano, estilo directo, actores de carácter…-que no se debería olvidar. Por eso, el homenaje de la revista Time resulta tan importante, porque habría sido una injusticia que el final de este tortuoso viaje hubiera quedado diluido ante el influjo de otras series bendecidas en masa por la crítica especializada.

Una cosa está clara: The Shield ha tenido la mala suerte  de coincidir en el tiempo con The Wire, magnífica serie de la HBO que ha reinventado el género de polis y ladrones apelando a un realismo casi documental. The Wire se ha llevado las palmaditas en la espalda por su contenido crítico, nivel intelectual y profundidad dramática. Y eso ha oscurecido la huella de The Shield, que siempre se ha movido en terrenos más cercanos al thriller y ha apelado a un formato rabiosamente crudo, ensalzando a personajes detestables, moviéndose en una poza de violencia, racismo, maldad y traición que pocas producciones han tratado con tanta contundencia. Me encanta The Shield. Es una de mis series favoritas de todos los tiempos y duele pensar que sólo me queda una temporada para decirle adiós definitivamente a Vic Mackey, ese policía corrupto que tan bien ha interpretado el gran Michel Chiklis durante siete temporadas. Lo mejor de todo es que la serie se despide sin mostrar un solo síntoma de agotamiento. Como decía Frank Darabont, seguidor confeso del invento y director invitado en algunos capítulos, no hay muchas producciones televisivas capaces de mejorar temporada a temporada y aumentar su grado de complejidad a medida que envejecen. Nunca me han gustado las listas de lo mejor del año. Nunca estoy de acuerdo con ellas; las veo como una forma fácil y cómoda de llenar páginas. De todos modos, por una vez tengo que aplaudir la elección de la revista Time. The Shield es como un puñetazo en la encía, un ojo morado, un grano en el culo de los que duelen…Un endiabaldo hito de la televisión moderna.

Aplauso, por favor.

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Acabo de devorar, engullir, masticar y deglutir de forma voraz y compulsiva la cuarta temporada de Battlestar Galactica… Bueno, no exactamente la cuarta, mejor dicho: su primera parte. Todavía queda una segunda tanda de episodios, Battlestar Galactica 4.5, que comenzará a emitirse en enero en estados Unidos y pondrá el broche final  a uno de los viajes más memorables que servidor ha vivido en televisión en mucho, mucho tiempo. No pude esperar, me compré el pack sin pensarlo y, aunque en la fila esperaban otras series con turno cogido mucho antes –The Unit 3ª temporada, los episodios finales de la primera temporada de Mad Men, Colgados en Philadelphia 3ª temporada…-, la ansiedad ha superado al seso.

Resultado: en dos días he finiquitado los diez episodios que componen el pack, incluido el magnífico spin off de hora y media Razor, con la implacable y atractivísima almirante Helena Cain como protagonista. Ha sido increíble, arrollador, una experiencia tan intensa, tan apasionante, tan bella y aterradora al mismo tiempo… ¡Ha sido un endiablado orgasmo! Cuesta describir en 3000 escasos caracteres cuán hondo ha conseguido llegar esta epopeya galáctica en sus cuatro temporadas de emisión. Que nadie se deje engañar por su apariencia de serie de acción y fantasía espacial. Esto no es Star Trek. Esto no es La Guerra de los Clones. Lo mejor de Battlestar Galactica es que trasciende con una facilidad asombrosa el género de la ciencia ficción, proponiendo al espectador una fórmula compleja en la que emociones, filosofía, existencialismo, teología y sexo conviven con una naturalidad pasmosa, conceptos impropios de la ciencia ficción que se derraman en unos guiones perfectamente ejecutados, en un lienzo emocional atípico, ubicado en la gélida inmensidad del espacio y en una nave especial aislada, a la deriva y acosada por los Cylons, máquinas creadas por el hombre que han evolucionado hasta desarrollar conciencia y sentimientos exclusivamente humanos. Todo este galimatías funciona. Absorbe. Hipnotiza. Llega a las entrañas. ¿Es posible que una serie de ciencia ficción sea capaz de cavar tan hondo en la psique de sus personajes? ¿Es posible que el drama interior de los protagonistas tenga más importancia que los rayos láser y las batallas de naves? Vaya si es posible. La lección que nos ha brindado esta producción pionera es muy valiosa. La cuarta temporada y su entramado argumental no dejan lugar a la duda: Battlestar Galactica es el paso evolutivo que la ciencia ficción televisiva venía buscando desde hace mucho tiempo. Es la dignificación a la que muchos apelaban. Bastaba con tratar a los fans como personas adultas, no como quinceañeros con acné y gafas de pasta.

Después de ver el impacto emocional y el calado reflexivo que este drama chejoviana ha alcanzado en su cuarta temporada, servidor sólo puede derretirse ante su inmensidad como un helado en el asfalto un día de verano: no hay escapatoria, Battlestar Galactica es demasiado grande y demasiado cojonuda como para que nos olvidemos de ella una vez haya terminado. Será una de las pocas veces en que una gran serie se va en el momento justo, cuando está en la cumbre.

En enero, comenzará la última etapa de esta gran producción (tardaremos un poco más en verla en España), sin mostrar síntomas de cansancio o agotamiento de ideas. Creciendo y creciendo. En un momento dulcísimo de inspiración del que tendrán que tomar nota muchas series de ciencia ficción, rectifico, del que tendrán que tomar nota muchas series. Excelsior.

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Lo admito, he acudido al diablo para conseguir los episodios de True Blood. He cometido delito. He llamado a las puertas a la ilegalidad de la Red. Pegadme. Insultadme. Pero no podía más. Quería ver a toda costa la serie estrella de la temporada de HBO. Es el problema de ser un yonqui de la televisión. Ya sé que el día 4 de diciembre Canal + la estrena, ya sé que tampoco hemos tenido que esperar hasta el fin del mundo, pero no he podido contenerme. Siempre he sido un hombre de pack, me he dejado un pastizal de billetes en Amazon, las cajas se comen cada vez más el espacio de mi casa, pero hay algunos títulos que tengo que ver a tiempo real. Desconozco las razones, pero hay series que mis células piden a gritos, que duelen si no están, series cuya ausencia me produce un mono intolerable. Mi única salvación es conseguirlas a través de medios, digamos, dudosos. Hablo de Dexter, Perdidos, Héroes y, la más reciente, True Blood. De las tres primeras está todo dicho, por eso me gustaría centrarme en la última porque necesito decir en voz alta lo cojonuda que es —perdón por el lenguaje soez e hiperbólico—.

True Blood nos lleva a una realidad paralela en la que los seres humanos y los vampiros han llegado a una suerte de entendimiento para convivir “en paz”. Una empresa japonesa ha inventado un brebaje llamado Tru Blood que sirve como prefecto sustitutivo a la sangre que necesitan los no muertos para sobrevivir. En este contexto de extraña cohabitación, la cámara se centra en los habitantes de un pueblo perdido en Louisiana, en el sur más libidinoso de los Estados Unidos, al que de repente se muda un atractivo e inquietante vampiro de casi 200 años. A partir de su llegada, se produce un trepidante desfile de asesinatos macabros, sexo salvaje, misterios insondables, sangre, basura blanca por un tubo y, por encima de todo, se origina una especial y perversamente conmovedora historia de amor entre el vampiro y una peculiar camarera (magnífica Anna Paquin). Después de legarnos aquel drama atenazador y derrotista titulado A dos metros bajo tierra, Alan Ball ha vuelto a hincar otro clavo en su particular ataúd televisivo con otra serie turbadora, aunque radicalmente distinta a la de la funeraria de la que salió Michael C. Hall, alias Dexter.

Precedida por una campaña viral mastodóntica (y tremendamente creativa), True Blood se perfila claramente como la serie definitiva de vampiros, uno de los productos más inteligentes y adultos que se han hecho nunca en televisión sobre los hijos del averno . Pero lo mejor de todo es que esta producción va mucho más allá de los tópicos vampíricos, retorciéndose sobre sí misma en una acrobacia argumental que mezcla romance, acción, suspense, erotismo y humor negrísimo. Una mezcolanza de géneros totalmente desprejuiciada cuyas piezas, aunque dispuestas anárquicamente, parecen ir cobrando sentido en un tablero de juego que, episodio a episodio, va mostrando su extraña lógica.

Cuando queda poco ya para que despidamos el año, estoy cada vez más convencido de que True Blood es el estreno de la temporada. Su primera andadura está siendo trepidante, perversa, hipnótica, sexual… Realmente no sabes qué estás viendo: ¿Un drama? ¿Una serie de terror? ¿Una comedia negra? HBO ha encontrado el producto estrella para cubrir parte del hueco que la defunción de Los Soprano y The Wire ha dejado. Sí, está claro que la serie de Allan Ball todavía tiene que demostrar muchas cosas, pero de momento el hambre ha sido aplacada. O la sed. Eso ya depende de cada uno.

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El nerd siempre ha sido objeto de escarnio y bufoneo en la tradición cinematográfica estadounidense. Los que hayan seguido con más o menos asiduidad la larga tradición de comedia gruesa americana —desde principios de los ochenta hasta ahora la progresión ha sido imparable— habrán apreciado que el nerd siempre ha sido un elemento esencial, indispensable, en la imaginería del humor adolescente. Desde Porky’s pasando por La revancha de los novatos (una de mis comedias favoritas de todos los tiempos) hasta la más reciente Supersalidos, el inadaptado con gafas, panza o timidez extrema, el que prefiere jugar a Dungeons & Dragons o leer un cómic de Spiderman de los años 80 a emborracharse después de un partido de fútbol, el freak en mayúsculas, en suma, siempre ha estado ahí.

Pero el nerd no se ha conformado con pasearse triunfalmente por la gran pantalla. En los últimos años hemos visto una importante proliferación de freaks irredentos en la televisión. Las series también han encontrado en estos personajes (¡entre los que me incluyo, qué demonios, y lo digo con orgullo!) un filón humorístico de primera magnitud. La primera serie que me gustaría destacar es la hilarante The Big Bang Theory, un sitcom de formula previsible, aunque tronchante, en la que podremos conocer a dos nerds de toma pan y moja. Se trata de Leonard y Sheldon, un par de físicos teóricos, incapaces de socializar con el resto del mundo, que intentan sobrevivir en una sociedad incompatible con su universo de números, cálculos cuánticos y pelis de ciencia ficción. No tienen desperdicio sus coleguitas, Howard y Rajesh, dos geeks de tomo y lomo con los mismos complejos y problemas con el sexo opuesto y la raza humana en general. Aunque no alcanza los niveles de transgresión de otras comedias de media hora (pienso en Arrested Development, Colgados en Philadelphia o Rockefeller Plaza), The Big Bang Theory, rebautizada Big Bang para su emisión en Antena. Neox, es un divertimento entrañable y perfecto para esas horas muertas en las que no sabes qué poner en tu DVD.

Otra serie con nerd protagonista que hay que destacar es Chuck (Calle 13, TV3). Entretenida, ocurrente, fresca, Chuck propone una superposición de estilos muy bien articulada, con un nerd convertido de la noche a la mañana en agente secreto. Humor, acción, espionaje, romance y unas pizquitas de drama flotan en una sopa de aroma juvenil que se digiere fácilmente y tiene la gracia de convertir al clásico freak treintañero que no ha sabido madurar en una especie de Jack Bauer de mucha pacotilla. Insisto, no es una producción memorable, pero engancha (me tragué la primera temporada en dos días) y, lo más importante, consigue hacer reír con poca libertad de movimientos y un tono de ingenuidad entrañable.

Finalmente, no puedo dar por concluido este estudio del nerd en el universo de las series de televisión actuales sin mentar una de las comedia británicas que más carcajadas me ha arrancado después de Spaced —¡¿Cuándo se hará justicia a esta magnífica serie?!—, Extras, Little Britain y The Office. Hablo de Los informáticos (Canal +), una lectura disparatada, pasada de rosca y grasienta del clásico departamento de informática que todos tenemos en la empresa donde trabajamos. Me ha cautivado su acidez, ese aroma punkie que subyace bajo algunos gags, el freakismo exacerbado de sus protagonistas, esa especie de Marilyn Manson que vive encerrado en un sótano… No sé, algo tiene Los informáticos (The It Crowd) que me recuerda en cierto modo a la legendaria The Young Ones, pero en lugar de un punkie, un hippie, un chulo y un anarquista, tiene a unos cuantos freaks amantes de los ordenadores, los videojuegos, las pelis de serie B y toda la basura que tanto nos gusta, como absolutos protagonistas. Ya era hora de que los Neris tuvieran (tuviéramos) cuota de pantalla.

En fin, hasta la próxima, me voy a ver Star Trek.

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No soy muy amigo de lanzar elogios a las cadenas de televisión generalistas por el trato vejatorio y paleto que le propinan a las series de televisión. Ya he hablado del tema en alguna ocasión por aquí. De hecho, hace años que no sigo una serie a tiempo real en la caja tonta. Sencillamente me compro todos los packs en Amazon (ya no sé dónde ponerlos, si alguien quiere alquilarme un almacén, podemos hablar) o, si quiero seguir ciertas series para poder hablar de ellas a tiempo, me las bajo de Internet (sí, soy un malhechor, qué pasa), con sus relucientes subtítulos y todo.

Dicho esto, tengo que admitir que si hay una canal que ha apostado por las series de calidad, respetándolas y sirviéndolas enteritas, sin cortar, ése es La Sexta. Aunque Cuatro también ha sabido entender que una serie hay que mimarla por compromiso con su público, por muy minoritario que éste sea, debo decir que me cautiva la selección nocturna que ha hecho esta cadena. Series de toma pan y moja, sin aspavientos o novedades rutilantes, pero con un gusto exquisito a la hora de elegir comedias americanas de altísima calidad.

Lo bueno es que todas estas producciones se han programado justo después de Buenafuente, es decir, que podemos degustarlas a eso de la una de la madrugada, una hora no excesivamente intempestiva y soportable para muchos. Los lunes tengo cita con Entourage. Evidentemente, ya he visto todas las temporadas, pero no me resisto a repasar la vida del actor y sex symbol Vince Chase y sus colegas parásitos. Esta maravilla de la HBO es adictiva, jugosa y lo mejor es que a cada temporada gana más y más enteros.

Los martes, una de mis comedias favoritas desde que Arrested Development desapareciera injustamente del plasma. Se trata de Rockefeller Plaza, una entrada descarnada, ácida y pasada de rosca a los bastidores de un late night, una delicia orquestada por Tina Fey (Saturday Night Live) que ahora mismo pasa por ser el producto humorístico más premiado y más  en boga. El miércoles toca disfrutar con la versión americana de The Office. Aunque está a años luz del molde original británico y Steve Carrell no es ni de lejos Ricky Gervais, tiene su coña y resulta más que amena para echarte unas risas antes de meterte en la cama. Los jueves, plato fuerte, una de las series de animación más infravaloradas, una gema a descubrir. Me refiero a El rey de la colina, una mezcla imposible de Los Simpson y Padre de familia, sin aromas punk ni vísceras gratuitas, pero de un entrañable que embriaga. Tener la serie de Mike Judge, creador también de Beavis & Butt-Head, en antena es una señal de que la gente que se encarga de confeccionar la parrilla de este canal sabe lo que se lleva entre manos.

Sumémosle a este alud de carcajadas otras producciones de calidad como The Unit (no me cansaré de recomendar esta serie bélica), Larry David (¿la mejor comedia de todos tiempos desde Seinfeld?), Extras o Me llamo Earl, todas por volver al aire en breve, y no tendremos más remedio que reconocer el trabajo bien hecho y el gusto en una selección de muchos quilates. Cuando tienes a gente que conoce el producto con el que se trabaja las cartas suelen ser siempre ganadoras. Sólo me queda recomendar al grueso de las otras cadenas que tomen muy buena nota; ya que no saben hacer la o con un canuto, que al menos aprendan de otros. Y así estamos…

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La semana pasada hubiera sido mucho más dura sin la aportación de un freak con un poder muy especial. Me refiero a Ned, el pastelero, un tipo que resucita a los muertos con sólo tocarlos. Eso sí, su extraño don tiene ciertas restricciones: si el pastelero toca al resucitado de nuevo, éste vuelve a morir. Pero, si al cabo de un minuto no lo ha devuelto al mundo de los difuntos, otra persona muere en su lugar para que se equilibre la balanza. Sí, la historia parece sacada de un cuento gótico o algo parecido. Y es que eso es más o menos lo que propone la embriagadora serie Pushing Daisies (”Criando malvas”), uno de los productos más particulares, extravagantes y frescos que servidor ha visto en televisión en mucho tiempo.

Este cuento de hadas actualizado en clave noir me ha atrapado, ha sido como un sueño de infancia en clave adulta materializado en mi pantalla plana, como si el universo del Mago de Oz colisionara con una caricatura grotesca de Sherlock Holmes en un entorno de fantasía al más puro estilo Willy Wonka. Sí, son términos exagerados, por supuesto, pero sirven para comprender mejor el realismo mágico y el perfil onírico que envuelve la serie la ABC. Detrás de este delicioso invento, encontramos a Bryan Fuller, creador de la magnífica Tan muertos como yo (la cortaron demasiado pronto) y Wonderfalls, además de productor y guionista, por cierto, de mi adorada Heroes. Un animal televisivo que le ha dado un halo de originalidad acentuadísimo a sus aventuras  catódicas más recientes y cuyos movimientos hay que seguir de cerca.

El género detectivesco encuentra acomodo en una trama de comedia surrealista y romanticismo a flor de piel que parece salida de una película de Tim Burton (hay muchísimo de Eduardo Manostijeras) y de los dibujos animados de los años 50. Decorados de cartón piedra, ropa exagerada, colores vivos, personajes alucinados y alucinógenos… Pushing Daisies es un producto de porcelana visual que resulta único en televisión. Pero no sólo hipnotiza la serie por su asombroso y cuidadísimo caparazón (también veo mucho de Amelie, la verdad) Dentro del fascinante (y a veces pesadillesco) mundo de esta serie encontramos unos guiones ágiles e inteligentes, unas actuaciones perfectamente ajustadas al tono de cómic de la obra y una carga de humor negro (suave, sin pasarse, tendente al surrealismo) que me encanta. Avalada por un éxito muy importante de audiencias, Pushing Daisies ha comenzó su segunda temporada en los Estados Unidos a principios de octubre: esperemos que las audiencias no se cansen y podamos seguir disfrutando de este rara avis televisivo que tan llevadera me hizo la semana pasada. Por cierto, el 4 de noviembre sale el pack con la primera temporada.

Y ya que estamos en esta tesitura necrológica, otro cuento, pero de horror macabro, ha vuelto a las pantallas americanas. La tercera temporada de Dexter ha comenzado bien. Muy bien. Llevo ya tres capítulos vistos y la serie sigue manteniendo la chispa morbosa de siempre, aunque tengo la sensación de que algún giro tendrán que darle a la fórmula para que no se les agote el combustible antes de lo pensado. Qué cosas tiene la vida (o la muerte). Ned el pastelero los resucita y el viejo Dexter los descuartiza como cerdos en el matadero. Y a nosotros nos encanta.

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El otro día fui corriendo a Fnac a hacerme con el pack de la sexta temporada de El ala oeste de la Casa Blanca (acaba de salir a la venta). Me fascina esta serie. Evidentemente, el caviar no puede degustarse de hueva en hueva en una rebanada de pan Bimbo, por eso ni se me ha pasado por la cabeza intentar seguirla en televisión con horarios mutantes, anuncios de por medio y, lo más importante, de gota en gota. Este fin de semana me he encerrado en mi salón —aniquilando mi ya de por sí escasa vida social— y me he dedicado a devorar con una glotonería incontenible el pack de esta maravilla televisiva.

Tengo que confesar que lo que me pasa con esta serie es algo que pensaba que nunca podría ocurrir. Yo mismo me asombro, y todavía me pregunto cómo puede ser que una producción ambientada en la Casa Blanca de semejante densidad política me entusiasme tanto y me siga emocionando capítulo a capítulo después de seis largos años de andadura.

Llamadme incívico, pero nunca ha sentido el más mínimo interés por la política y las serpientes trajeadas que le dan vida. Nunca me he acercado hasta las urnas para depositar mi voto por algún candidato, esa es la pura verdad, siempre he visto esta pantomima como un juego en el que lo único que cuenta es mentir a la gente. Y generalmente el que miente mejor gana. De todos modos, El ala oeste de la Casa Blanca consigue que el espectador se apasione con el funcionamiento de una maquinaria política tan bestial y compleja como la estadounidense y sueñe algún día con tener en su país un presidente como Jed Bartlet —qué bien está Martin Sheen, qué fan que soy, ay que me emociono…—.

Os juro que comencé viendo la serie sin tener la más remota idea sobre el funcionamiento de la democracia americana, pero poco a poco vas aprendiendo sus rudimentos y apreciando los claroscuros de esta partida interminable de influencias, decisiones imposibles y hombres que entregan su vida para servir un país, no para servirse de él. Jed Bartlet es el presidente que todo hemos soñado: resuelto, cultísimo, inteligente, justo, locuaz… Hace muchos años que Estados Unido no tiene un hombre de esta altura en el despacho oval y muchas veces veo esta serie creada por el gran Aaron Sorkin —es una pena que Studio 60 no funcionara, por cierto, porque también era buenísima— como un sueño, como el sueño corporeizado en la pequeña pantalla de todas esas persona que todavía creen que la política puede ser un juego fascinante con hombres de honor, y no una poza llena de berracos avariciosos e insinceros. El único inconveniente es que la sexta es la penúltima temporada de la serie. Cuando dentro de unos meses me vuelva a encerrar en mi salón con el séptimo pack bajo el brazo sé que habrá terminado uno de los viajes televisivos más apasionantes de los últimos diez años y verteré una lágrima de despedida sobre el mando del DVD. Excelsior.

HBO está en forma

Ye he podido ver el primer episodio de True Blood y la verdad es que ha cumplido con todas las expectativas que albergaba. Alan Ball, creador de la mítica A dos metros bajo tierra, merece un respeto. Sofisticada, perturbadora, fantástica… Creo que esta idea de mezclar vampiros en nuestra rutina social es sencillamente deslumbrante y se ha articulado con una clase y una elegancia destacables. El comienzo no ha podido ser más halagüeño: será una de las series de la temporada. HBO también estrena el día 29 de septiembre un producto de animación adulta que promete y mucho. Se llama The Life & Times of Tim y se basa en las peripecias de un adolescente freak que tiene todos los número para ocupar el mismo podio que Peter Griffin, Hank Hill, Homer Simpson y otros antihéroes de la animación sulfúrica.

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La paradoja es de toma pan y moja (perdón por la rima), pero es más real que la peluca de Sean Connery. Allá vamos: las series de televisión no se pueden ver por televisión. Diablos, uno lo intenta con toda su buena fe, uno se sienta en el sofá, con la cena y una Coca-Cola en el regazo para convertirse en un número más en la gran guerra de las audiencias, pero nada. Imposible. Para ponerse a llorar. La televisión generalista nos usa como kleenex, nos engaña, nos manipula, nos deja con la miel en los labios y luego nos deja tirados como perros sarnosos en la cuneta.

La última puñalada nos la ha clavado Telecinco. Comencé a ver la serie Life en la susodicha cadena. Y aunque no es precisamente una de mis producciones policíacas favoritas, la verdad es que me enganché a ella a rebufo de CSI. De repente, un buen día, Telecinco anuncia que la cambia de día. En lugar de emitirla los lunes, la emite los miércoles. Primera colleja al espectador. Bueno, no pasa nada, cambiamos el chip y la ponemos el miércoles, porque sólo quedan dos capítulos para que termine y al menos así podremos ver cómo se cierra la trama. El miércoles, volvemos a la rutina de cena y Coca-Cola en el sofá, ilusionados para conocer la resolución de la conspiración en la que se vio inmerso el extravagante detective Charlie Crews… ¿Y qué nos encontramos? ¡¡¡Con Hospital Central!!! Es decir, no sólo cambian Life de día, sino que nos engañan, porque el miércoles nada de nada, y la serie se queda colgada ad eternum en el limbo catódico ante el estupor de los miles de espectadores que la han seguido religiosamente serie y se han quedado a dos velas. ¿Cómo pueden eliminar una serie de la programación sin previo aviso, a traición, de forma tan barriobajera? ¿Cómo tienen los bemoles de hacerlo cuando quedan todavía dos episodios para el final de la primera temporada? ¿Cómo creen que deben de sentirse los fans? Es sencillamente indignante y decepcionante. Ante estas actitudes, sólo nos quedan tres opciones: comprar Digital +, hacerse con el pack de la serie vía Amazon o sencillamente bajársela de Internet. Duele alentar a la gente a que se entregue a la piratería por Internet, pero no nos queda otra. Han sido tantos maltratos y tanto tomarnos por el pito del sereno, que me he rendido.

Hace mucho tiempo que no consumo series a través de las cadenas generalistas nacionales, pero de vez en cuando me dejo tentar, como me pasó con Life. Y después de este ultraje, me convencí todavía más de que el DVD es la única opción para que el público español pueda disfrutar de su programa favorito sin tener que contratar a un vidente para adivinar a qué hora han cambiado la emisión o sin tener que imaginarse el final porque a la cadena de turno le ha dado por cortar la serie sin dar explicaciones a nadie. Un atraco a mano armada más y un espectador menos, que se vayan a tomar viento fresco.

PD: Por cierto True Blood ya está cerca. La nueva serie estrella de la HBO, una producción adulta de vampiros, tiene todos los ingredientes para convertirse en el bombazo del año: su creador es Alan Ball (A dos metros bajo tierra), la campaña publicitaria y viral que ha arropado la serie en los meses previos a su emisión es muy prometedora y los primeros destellos que servidor ha visto son sencillamente maravillosos. Ya cuento los días para que se estrene en Canal +.